En 1477 tomó como esposa principal a la infiel y ese fue el motivo para que Dios se hartase de sus tonterías. Un año después el sultán picha brava organizó un desfile militar con un ejército formado por renegados cristianos. Pero no se llegó a celebrar porque por la tarde cayó una tormenta de cojones. Hubo avenidas del Dauro y del Genil; la de este arrastró caballos ahogados (con estacas atravesándolos) en la curva de la Cuesta del Pescao. Fue una catástrofe, se inundó toda la medina y hubo pérdidas irrecuperables. Además, Cabeza de Chorlito (me ha encantado el mote) —agarró el antebrazo de su sobrino al decir esto— se puso a la nobleza granadina en contra al recuperar la hagüela —al-Hedrieli frunció el ceño con extrañeza al oírle esa palabra a su madre—. Es un impuesto sobre molinos de pan y aceite, baños, hornos y comercios, que pertenecía a los emires. En las épocas de debilidad de la realeza nazarí, los nobles se habían hecho con muchos de estos impuestos como pago por los favores que hacían para evitar el derrocamiento de tal o cual emir.
Mulhacén parecía por un lado Pablo Iglesias quitando dinero a los ricos y, por otro, el rey Juan Carlos gastando el dinero del pueblo en Emiratos Árabes.
—Bueno, ¿y a ti cómo te va sobrino? —le preguntó a Nur tras hablar.
—En el Albayzín las cosas están revueltas. Desde la matanza de los Banu Sarrach, la población se ha dividido en los pactistas o palomas, encabezados por Abú Abdallah —Boabdil— y los rebeldes o halcones, que dirige el viejo chocho de su padre Muley Hasán.
»Los primeros, como presumiréis, quieren continuar el vasallaje; pero los de Cabeza de Chorlito han decidido que ni pagar el tributo quieren. Y después de la que liamos anoche en Zahara… —miró a su primo que llenaba el vaso de té evitando el reproche—. Por la Loma puedes ir más o menos tranquilo, pero paseando el otro día junto a la acequia al-Ajsaris del Albayzín, vi comenzar una reyerta en la que murieron dos halcones por llamar calzonazos al sultán.
—¡Joder con las palomas! —dijo al-Hedrieli.
—Sí, no se andan con chiquitas. En fin, yo me vuelvo en unas horas tita, que no me fio de tu hijo. Lo mismo esta noche me lleva a servir a un castellano a traición.
—¿Cómo te vas? —preguntó Riham a su sobrino.
—En el Alsa Supra de las 0:00.
—Ah, pues déjame que te compre el billete que acumulo puntos.
—¡Ole, tita, muchas gracias!
—Qué cojones gracias, hazme un Bizum ya con los dirhams. Lo que quiero son los puntos p’al BUSplus.
Durante el viaje en autobús de vuelta a Granada, volvió pensando en la situación política que le revoloteaba por la cabeza tras hablar de ella con su tía y su primo. En el asiento de al lado viajaba una señora de mediana edad, diez años mayor que Nur, que contaba con veintiuno. Habían comenzado a hablar porque la mujer le había preguntado procedencia y destino.
—¿Qué te inquieta? Antes te he oído hablarle al aire y no te respondía nada agradable por el gesto de tu cara.
—Pues que no sé en qué dios creer. Mi fe se ha diluido en un té de incertidumbre como el azúcar moreno.
La señora sonrió y le miró con ternura.
—No hay más dios que dios y tú eliges su profeta.
—¿Cómo se atreve a ultrajar la shahāda? Eso no es de buen musulmán.
—Mira bonico, primero que soy mujer y deberías referirme como musulmana; pero, y segundo, soy cristiana y ultrajo lo que me dé la gana.
Nur no había reparado en el crucifijo que asomaba bajo el hiyab.
—Discúlpeme señora, ando despistadillo. ¿Es usted mozárabe?
—No te preocupes zagalico, que todos hemos tenido tus dudas. No, yo fui musulmana hasta que Muley Hasán dejó de pagar el vasallaje a Castilla. Me di cuenta de que los castellanos no iban a parar y, después de lo que pasó la otra noche en Zahara, me temo que no habrá marcha atrás. Así que aquí me tienes, ahora rezo de rodillas. Esto se veía venir.
»No se trata de creer en un dios o en otro, porque dios solo hay uno. Lo que le está pasando al Emirato de Granada no va de religión sino de poder, que es la piedra negra del alma, a la que vuelve tenebrosa y justiciera.
El granadino miró a la señora con los ojos acuosos y esta le respondió con una sonrisa acompañada de un “pobrecito, el peso de la realidad te ha emocionado. Qué sensible eres”. El joven respondió:
—No, no. Es que se ha parado el bus, hay un control de drogas de la Guardia Civil y llevo polen traído de Imzouren para surtir a medio Albayzín.
Eran casi las dos de la madrugada y el conductor se había detenido en el Abades Manzanil a hacer un pis en una parada no programada. Nur viajaba de noche porque era un trayecto directo, como le había recomendado su primo que, además de meterlo en asaltos a ciudades ocupadas por Castilla, era su socio en asuntos sucios.
El Guarda Civil comenzó a hablar antes de enfilar el pasillo del autobús.
—Buenas noches. Disculpen que les molestemos. Soy el capitán Gaitán y este perro es Sultán, que va a hacer una inspección olfativa. Les rogamos que se queden quietos y no hagan movimientos extraños.