—Pues verás Ka, que me han inflado los cojones los granaínos y me los voy a quitar del medio.
—Anda, no me digas, si os pagaban una pasta de alquiler, ¿no?
—Sí, pero Cabeza de Chorlito Mulhacén, viendo que estaba la Isa a chancletazos con la sobrina, dejó de pagar la paria.
—Menudo perla.
—Ya te digo —Fernando el Catódico comía falafel mientras hablaba y el dirigente egipcio no sabía cómo decirle que sus perdigones de haba frita amenazaban con dejarle tuerto. Trató de acelerar la cena.
—¿Qué puedo hacer por ti? —dijo Kait Bey quitándose de la mejilla un trozo de comida escupida por el catódico.
—Voy a iniciar una contienda.
—¿Vas a abrir un súper?
—¡No cojones! Voy a declararles la guerra a los putos moros. Además se va a retransmitir en streaming por Pelflix —la mayor plataforma de streaming de la época, fundada por don Pelayo Fernández del Sayo—. La serie se va a llamar Granada Guar y se estrenará el 28 de febrero que es el día del Andaluzía. Así les queda claro quién es el puto amo.
—Joder, qué bien organizado todo.
—Sí, es que soy maquiavélico.
—¿Y yo qué pinto en todo esto?
—Quiero tu palabra de que no les vas a ayudar en la guerra
—¿Ir en tu contra?¿Me has visto cara de gilipollas? —silencio incómodo— ¡Fernan tío!
—Yo qué sé… Bueno mira, que si me entero de que sales del Delta te meto con la mano abierta.
Al día siguiente el catódico zarpó del puerto de Al-ʼIskandariya en su yate, “El Sobón”, que le había regalado la Cámara de Comercio de Les Illes Balears; para costearlo, habían recogido una serie de donaciones de sus asociados para agradecerle al rey los contratos que les conseguía.
—Mate.
—Los cojones.
—¡Eh! Mierda…
—Yo sí que te acabo de dar mate, cipollo.
Por enésima vez, Yusuf ganaba a Boabdil.
—Si no puedes ni ganar a tu hermano pequeño al ajedrez, ¿cómo vas a ganar al papa? —dijo Yusuf a su hermano Boabdil.
—¿Qué hago Pepe? ¿Me pego un tiro? La Turaya esta tiene al papa cogío por los huevos. Literal.
—No sé bro, pero lo tenemos crudo. A mí lo que me jode es que no quiero politiqueos ni ná y me está pillando esto por medio. Me muero por arreglar la Wolkswagen Westfalia y tirar pa’l Cabo de Gata. Tengo un colega en San Pedro que vende pulseritas y me ha dicho que me vaya con él.
—¿Qué colega? ¿El coletas? —preguntó Boabdil.
—No sé por qué le dices el coletas si solo se hace una.
—Pepe, ese pavo no te conviene. Se aprovecha de tu estatus.
—¿Qué estatus, paquete? Soy el hermano pequeño de un mimao como tú, que te lo llevas todo, y hermanastro de no sé cuántos más. Entre ellos los dos pijos de mierda que ha parido Turaya. Que la madre mucho convertirse al islam, pero bien que les ha enseñado el Padre Nuestro; les he oído murmurarlo a veces en el hammam.
—¿Rezan en pelotas?
—Pero si se beben la sangre de su profeta y se comen el cuerpo de Dios, ¿crees que les va a importar eso? —Boabdil asentía dando la razón a su hermano—. Además, cuando no está papá, comen el cus-cus con cuchara.
—Estos mesetarians son veneno. A ver, Pepe, que a mí no me importa que te vayas a Almería, pero no quiero que sufras. Y ese hombre no te conviene.
—Que vale, que sí. Que no, que no me conviene. Pa ti la perra gorda. Total, qué más da. Si no podemos salir del Jardín de la Alegría, que estoy hasta los cojones del ruidito del agua de los leones. Cualquier día reviento las cañerías.
—Eso es verdad. Me parece que el papa nos tiene encerrados aquí por orden de Mosquita Muerta y no por nuestra seguridad.
—¿Te parece? Mamá tiene razón: tú lo que eres es gilipollas.
El sultán Mulhacén había partido de la Alhambra dejando dicho que todos sus hijos quedaran encerrados en el palacio del Jardín de la Alegría, el que alberga el Patio de los Leones. Lo hizo a petición de su favorita, la sultana Turaya. Solo se salvaron de esa cárcel dorada los niños que tuvo con esta, Sa´d y Nasr (los pijos referidos por Yusuf). Una mañana, otro de los hermanastros de Boabdil recluídos, comenzó a encontrarse mal.
—Mamá, ¿vas a desayunar con nosotros? Juana y Juan están muertos de…
Una niña de doce años se quedaba inmóvil al entrar al cuarto de su madre sin avisar. Estupefacta, y con el párpado derecho temblando, veía salir de la cama a un señor desconocido. Se subía el pantalón con torpeza, dando saltitos como si estuviese en una carrera de sacos cuya meta era la puerta del baño.
—¡Me cago en Paneque Chaveli! Te he dicho que llames antes de entrar —la madre le reprendió.
La niña seguía quieta, tiesa como pata de mesa, mientras la madre se vestía y le decía que ya iba, que fuese diciendo a sus hermanos que en breve comían juntos. Miraba hacia la puerta por donde el culo del señor desconocido había abandonado la estancia cuando dijo:
—¿Mama? ¿quién era ese señor?
—El médico. Vamos a la cocina.
—¿Por qué tenía los pantalones bajados?
—Me estaba enseñando un tatuaje.
—Pues a mí me ha parecido que más bien te estaba tatuando con su aguja.
¡Zas! La niña se llevó una bofetada.
Isabel e Isabel se dirigieron a desayunar. Juan, de tres años, y Juana de dos, estaban llorando cuando llegaron. La madre cogió a la pequeña para alimentarla y Chabeli comenzó a darle una papilla de Nidina-3 a su hermanito. Era una fría mañana de invierno en Córdoba, por lo que las ventanas del Alcázar estaban chapadas. Aún así, el molino de la Albolafia gruñía sin cesar accionado por el río Guadalquivir. La Catódica majestad notaba la estridencia entrarle hasta el fondo de la paciencia. El ruido, unido al trajín de los hijos y al coitus interruptus, le generó una mala leche que decidió aplacar con el desmantelamiento de la Albolafia, la milenaria rueda hidráulica.
Llamó a uno de sus sirvientes.