—¿A qué te refieres? —una bocaná de Levante en mitad de la calada hizo que empezara a toser el porrero, de modo tal, que parecía que iba a morirse. Cuando recuperó el pulmón, su compañero se explicó.
—Lo han hecho todo a espaldas de la opinión pública. Hay mucho rumor por ahí rondando de convento en convento y de castillo en castillo.
El fumeta es Gonzalo Fernández de Córdova, “The Great Captain”, y su interlocutor es Rodrigo Ponce de León (Marqués de Cádiz), para los amigos, «El Marqués».
Guardaron las tablas en la furgo y fueron a comer a la Venta del Toro, cerca del acueducto romano de Santa Lucía. Tomaron atún rojo de almadraba. Primero disfrazado de mojama, con queso en aceite, luego a la plancha y por poco no les ponen de postre sorbete de ventresca.
Les traen dos gintónics y el de Córdoba comienza a hablar:
—Oye, los rumores que referiste en la playa, ¿tienen credibilidad o son fakenews?
—A ver, tengo un colega que curra para Hernando y se entera de todo —el referido es Hernando de Talavera, por aquel entonces cura de cabecera de Isabel la Catódica.
—¿Y?
—Mi colega escuchó a escondidas una conversación que el confesor de la reina mantuvo con un prelado portugués de nombre Cristiano Donalgo. En ella el luso le recriminaba al de Talavera la manera de llegar al poder de la Isa.
»Se preguntaba cómo era posible que teniendo por delante en la línea sucesoria a su hermano Alfonso y a su hermanastro Enrique, se hiciera con la corona; todo ello tras morir el primero envenenado y el segundo ser, por rumores sobre su sexualidad, destronado
—¿Qué insinúas? —preguntó The Great Captain.
—No insinúo, reproduzco una info que me ha llegado: resulta que Isabelita estaba cerca de ambos sucesos. Luego está lo de su sobrina Juana, hija de Enrique, que era la heredera legítima por ser su padre el primogénito. Se la quitó del medio como si fuera un paquete defectuoso de Amazon.
—Esa niña no era hija del impotente. De legítima nada —el de Córdoba frunció el ceño al decir esto.
—Bueno Gonza, no te chines tron. Sé que estuviste unido a Alfonso.
—Unido, unido… Tras morir mi padre, mi hermano me quitó del medio mandándome a servir a la Corte. Me pasaba el día pendiente de Alfonsito.
»La verdad es que lo del envenenamiento… No sé qué pensar. La noche del envenenamiento quise cambiarle la trucha a Alfonso porque la suya era más pequeña y la prefería. Me dan asco las truchas, tan babosas y escurridizas. El caso es que la Isa insistió mucho en que Alfonso se comiese la suya y que me pidiese una pizza si no quería pescado.
—Anda, no sabía que entraras en la Corte por ser segundón. Vaya, vaya, Gonzalito se lo ha ganado él solito.
Gonzalo Fernández de Córdoba nació el 1 de septiembre de 1453 en Montilla. La de Aguilar, su familia, era de la Meseta y llegó a la Subbética con Fernando III The Saint, en el siglo XIII. Fueron pillando fanegas hasta el punto de que su padre, Pedro Fernández, tenía títulos nobiliarios para alicatar la Mezquita por fuera. El hermano mayor de The Great Captain, llamado Alfonso también, era el que se llevó todas las cartulinas con los títulos y, con ellas, lo que en economía actual se conoce como La Paguita. Así que el pobre muchacho acabó con 12 años trabajando a tomar por culo de su casa. El padre, antes de morir cuando él tenía dos años, había movido unos hilos gracias a Carrillo y Pacheco, dos amiguetes que tenían enchufe en la corte, y acabó de paje con Alfonso, el hermano de Isabel la Catódica, que murió envenenado por la trucha pachucha. De no haber sido asesinado en 1468, hubiese sido proclamado Alfonso XII. Con quince años, The Great Captain, regresó a su tierra cordobesa. En 1474 comenzó la enésima guerra civil castellana entre los partidarios de que gobernara la rama legítima de los Trastámara y los de que lo hiceran la Isa y el Fernan. La familia Aguilar se llevaba a matar con la de Cabra. La primera estaba del lado de los catódicos y la segunda veía a Isabel como una trepa que no tenía derecho a gobernar. El hermano de The Great Captain tuvo un duelo con el Conde de Cabra que acabó con el pobre Gonzalo secuestrado. Esto marcaría el resto de su vida pues sus dos divorcios fueron consecuencia del trauma que le causó ser traicionado por su hermano. Él, que siempre defendió la familia, nunca terminó de ser feliz tras dos intentos de crear una. Eso sí, el servicio militar lo hizo cum laude: su único matrimonio duradero fue con el ejército. En 1476 volvió a servir a los Reyes Catódicos gracias a la relación de parentesco que le unía con el rey Fernando. Eran primos.
Al Marqués y a The Great Captain, copazo tras copazo, la noche se les había echado encima y decidieron ir a cenar a otro restaurante.
—Anda, déjame la chusta y vámonos al Cortjillo a comernos un atún encebollao— dijo el Marqués.
—Toma, asqueroso. Vas a fumar babas —The Great Captain le pasó el porro a su amigo y ambos nobles se fueron hacia el restaurante con los ojos tan rojos como los de un rape con tres días.
Un móvil se descuelga.
—Dime.
—¿Dónde estás?
—Por ahí.
—Por ahí, ¿dónde?
—En Egipto.
—¿En Egipto? Me dijiste que ibas a Málaga, a la Axarquía.
—No Isa, cariño, a Alejandría. Estás teniente ¿eh?
—Joder Fernan, he echado más arroz pensando que volvías en el AVE. Mira que te diga, nada de canitas al aire que me pusiste la chocha como un chumbo en agosto la última vez que volviste de Nápoles.
—Que noooo… Venga un beso, te quiero.
—Mentira, no me quieres. Yo sí que te quiero a…
—Vale. Adiós —colgó.
A 4.000 kilómetros de la Península Ibérica, en Alejandría, Fernando el Catódico desplegaba sus dotes diplomáticas por el Mediterráneo. Nada más colgar comenzó a desplegar sus manos para desnudar con diplomacia a una muchacha egipcia. El sultán de Egipto, Kait Bey, le había mandado el femenino presente al hotel donde se hospedaba el rey castellanoaragonés sabedor de la predilección de este por las doncellas. Sabía que era mejor tenerlo entretenido hasta la noche, cuando ambos dirigentes habían acordado cenar juntos. Las viandas se consumieron en su fortaleza, un hermoso castillo portuario a un minuto caminando del Faro de Alexandría.
—Bueno Fernan, ¿qué te trae por aquí?