EL EMIRATO MUERE EN TI (La Guerra de Granada)— ZAHARA VIII

—Dígame Su Majestad.

—Mira rubiales, quiero que la puta Albolafia esté desmontada para esta noche. Puedes retirarte.

—A sus órdenes.

Chabeli dilató pupilas al ver al mozo girarse pues, aunque tapado, reconoció el pomposo trasero del médico-tatuador. Tras el desayuno, Isabel la Catódica escribió un guasap a mosén Diego de Valera:

“Dieguito, no sé qué cojones te traes entre manos con el Gonza y mi Fernan. Ya podrías contarme algo, que me he venido al Andaluzía por si empezaba la fiesta. Sin embargo, estoy todo el día cambiando pañales y comiendo tantos flamenquines que me están escuchando engordar por Cádiz”.

Escribiendo… A los cinco minutos, el cura respondió:

“Hola Isa, lamento conocer tu aburrimiento. Pronto dejarás la vida de convento. Comenzaremos por Alhama antes de que te acostumbres a esa cama. Todo está en proceso. Nos vemos chiqui, un beso”.

Algo más aliviada, la reina inesperada, suspiró viendo a los peones desmontar la noria de los cojones, asomada a la vidriada ventana.

Tras llegar a Granada, Nur guardó los números de teléfono de su compañera de viaje y del pastelero. Este tenía puesto el trayecto Granada-Loja en YallahCar, pero le dijo que le mandara un guasap pues prefería viajar con conocidos. Le dejaron en la Bab Elbeira y subió hacia el Albayzín por la calle de la Cuesta, hasta la Bab Albonaida, por donde entró al barrio de Badis. Había quedado con Abdul Yasuf, un cristiano que vivía junto a la Jima Almurabidin. Este tipo era el destinatario del paquetito que casi le incautan en Loja. Se lo pagó y se despidieron hasta la próxima.

Nur no se drogaba, pero era el único modo que tenía para completar el sueldo, que no respetaba en absoluto el salario mínimo desde que Cabeza de Chorlito Mulhacén empezó a gastar dinero público en sus mierdas de tirano.

De vuelta a casa, no dejaba de pensar en Jadiya, de hecho, se quedó el teléfono del pastelero pues pensaba ir a visitarla en breve. Por otro lado, las dudas sobre la convulsa situación política, más la escasez de dirhams, también le taladraban el cerebro. Salió del barrio de Badis por la Bab al-Hazarin y vio la Torre de la Vela de la Alhambra recibiendo los últimos rayos de sol, lo que le hizo pensar en que quizá no era el único ocaso que había comenzado a caer sobre Granada.

Leave a Reply

Your email address will not be published.Required fields are marked *