EL EMIRATO MUERE EN TI (La Guerra de Granada)— ZAHARA VIII

—Dígame Su Majestad.

—Mira rubiales, quiero que la puta Albolafia esté desmontada para esta noche. Puedes retirarte.

—A sus órdenes.

Chabeli dilató pupilas al ver al mozo girarse pues, aunque tapado, reconoció el pomposo trasero del médico-tatuador. Tras el desayuno, Isabel la Catódica escribió un guasap a mosén Diego de Valera:

“Dieguito, no sé qué cojones te traes entre manos con el Gonza y mi Fernan. Ya podrías contarme algo, que me he venido al Andaluzía por si empezaba la fiesta. Sin embargo, estoy todo el día cambiando pañales y comiendo tantos flamenquines que me están escuchando engordar por Cádiz”.

EL EMIRATO MUERE EN TI (La Guerra de Granada)— ZAHARA VII

—Pues verás Ka, que me han inflado los cojones los granaínos y me los voy a quitar del medio.
—Anda, no me digas, si os pagaban una pasta de alquiler, ¿no?
—Sí, pero Cabeza de Chorlito Mulhacén, viendo que estaba la Isa a chancletazos con la sobrina, dejó de pagar la paria.
—Menudo perla.
—Ya te digo —Fernando el Catódico comía falafel mientras hablaba y el dirigente egipcio no sabía cómo decirle que sus perdigones de haba frita amenazaban con dejarle tuerto. Trató de acelerar la cena.
—¿Qué puedo hacer por ti? —dijo Kait Bey quitándose de la mejilla un trozo de comida escupida por el catódico.
—Voy a iniciar una contienda.
—¿Vas a abrir un súper?
—¡No cojones! Voy a declararles la guerra a los putos moros. Además se va a retransmitir en streaming por Pelflix —la mayor plataforma de streaming de la época, fundada por don Pelayo Fernández del Sayo—. La serie se va a llamar Granada Guar y se estrenará el 28 de febrero que es el día del Andaluzía. Así les queda claro quién es el puto amo.
—Joder, qué bien organizado todo.
—Sí, es que soy maquiavélico.
—¿Y yo qué pinto en todo esto?
—Quiero tu palabra de que no les vas a ayudar en la guerra
—¿Ir en tu contra?¿Me has visto cara de gilipollas? —silencio incómodo— ¡Fernan tío!
—Yo qué sé… Bueno mira, que si me entero de que sales del Delta te meto con la mano abierta.
Al día siguiente el catódico zarpó del puerto de Al-ʼIskandariya en su yate, “El Sobón”, que le había regalado la Cámara de Comercio de Les Illes Balears; para costearlo, habían recogido una serie de donaciones de sus asociados para agradecerle al rey los contratos que les conseguía.

—Mate.
—Los cojones.
—¡Eh! Mierda…
—Yo sí que te acabo de dar mate, cipollo.
Por enésima vez, Yusuf ganaba a Boabdil.
—Si no puedes ni ganar a tu hermano pequeño al ajedrez, ¿cómo vas a ganar al papa? —dijo Yusuf a su hermano Boabdil.
—¿Qué hago Pepe? ¿Me pego un tiro? La Turaya esta tiene al papa cogío por los huevos. Literal.
—No sé bro, pero lo tenemos crudo. A mí lo que me jode es que no quiero politiqueos ni ná y me está pillando esto por medio. Me muero por arreglar la Wolkswagen Westfalia y tirar pa’l Cabo de Gata. Tengo un colega en San Pedro que vende pulseritas y me ha dicho que me vaya con él.
—¿Qué colega? ¿El coletas? —preguntó Boabdil.
—No sé por qué le dices el coletas si solo se hace una.
—Pepe, ese pavo no te conviene. Se aprovecha de tu estatus.
—¿Qué estatus, paquete? Soy el hermano pequeño de un mimao como tú, que te lo llevas todo, y hermanastro de no sé cuántos más. Entre ellos los dos pijos de mierda que ha parido Turaya. Que la madre mucho convertirse al islam, pero bien que les ha enseñado el Padre Nuestro; les he oído murmurarlo a veces en el hammam.
—¿Rezan en pelotas?
—Pero si se beben la sangre de su profeta y se comen el cuerpo de Dios, ¿crees que les va a importar eso? —Boabdil asentía dando la razón a su hermano—. Además, cuando no está papá, comen el cus-cus con cuchara.
—Estos mesetarians son veneno. A ver, Pepe, que a mí no me importa que te vayas a Almería, pero no quiero que sufras. Y ese hombre no te conviene.
—Que vale, que sí. Que no, que no me conviene. Pa ti la perra gorda. Total, qué más da. Si no podemos salir del Jardín de la Alegría, que estoy hasta los cojones del ruidito del agua de los leones. Cualquier día reviento las cañerías.
—Eso es verdad. Me parece que el papa nos tiene encerrados aquí por orden de Mosquita Muerta y no por nuestra seguridad.
—¿Te parece? Mamá tiene razón: tú lo que eres es gilipollas.
El sultán Mulhacén había partido de la Alhambra dejando dicho que todos sus hijos quedaran encerrados en el palacio del Jardín de la Alegría, el que alberga el Patio de los Leones. Lo hizo a petición de su favorita, la sultana Turaya. Solo se salvaron de esa cárcel dorada los niños que tuvo con esta, Sa´d y Nasr (los pijos referidos por Yusuf). Una mañana, otro de los hermanastros de Boabdil recluídos, comenzó a encontrarse mal.

—Mamá, ¿vas a desayunar con nosotros? Juana y Juan están muertos de…
Una niña de doce años se quedaba inmóvil al entrar al cuarto de su madre sin avisar. Estupefacta, y con el párpado derecho temblando, veía salir de la cama a un señor desconocido. Se subía el pantalón con torpeza, dando saltitos como si estuviese en una carrera de sacos cuya meta era la puerta del baño.
—¡Me cago en Paneque Chaveli! Te he dicho que llames antes de entrar —la madre le reprendió.
La niña seguía quieta, tiesa como pata de mesa, mientras la madre se vestía y le decía que ya iba, que fuese diciendo a sus hermanos que en breve comían juntos. Miraba hacia la puerta por donde el culo del señor desconocido había abandonado la estancia cuando dijo:
—¿Mama? ¿quién era ese señor?
—El médico. Vamos a la cocina.
—¿Por qué tenía los pantalones bajados?
—Me estaba enseñando un tatuaje.
—Pues a mí me ha parecido que más bien te estaba tatuando con su aguja.
¡Zas! La niña se llevó una bofetada.
Isabel e Isabel se dirigieron a desayunar. Juan, de tres años, y Juana de dos, estaban llorando cuando llegaron. La madre cogió a la pequeña para alimentarla y Chabeli comenzó a darle una papilla de Nidina-3 a su hermanito. Era una fría mañana de invierno en Córdoba, por lo que las ventanas del Alcázar estaban chapadas. Aún así, el molino de la Albolafia gruñía sin cesar accionado por el río Guadalquivir. La Catódica majestad notaba la estridencia entrarle hasta el fondo de la paciencia. El ruido, unido al trajín de los hijos y al coitus interruptus, le generó una mala leche que decidió aplacar con el desmantelamiento de la Albolafia, la milenaria rueda hidráulica.
Llamó a uno de sus sirvientes.

EL EMIRATO MUERE EN TI (La Guerra de Granada)— ZAHARA VI

—¿A qué te refieres? —una bocaná de Levante en mitad de la calada hizo que empezara a toser el porrero, de modo tal, que parecía que iba a morirse. Cuando recuperó el pulmón, su compañero se explicó.
—Lo han hecho todo a espaldas de la opinión pública. Hay mucho rumor por ahí rondando de convento en convento y de castillo en castillo.
El fumeta es Gonzalo Fernández de Córdova, “The Great Captain”, y su interlocutor es Rodrigo Ponce de León (Marqués de Cádiz), para los amigos, «El Marqués».
Guardaron las tablas en la furgo y fueron a comer a la Venta del Toro, cerca del acueducto romano de Santa Lucía. Tomaron atún rojo de almadraba. Primero disfrazado de mojama, con queso en aceite, luego a la plancha y por poco no les ponen de postre sorbete de ventresca.
Les traen dos gintónics y el de Córdoba comienza a hablar:
—Oye, los rumores que referiste en la playa, ¿tienen credibilidad o son fakenews?
—A ver, tengo un colega que curra para Hernando y se entera de todo —el referido es Hernando de Talavera, por aquel entonces cura de cabecera de Isabel la Catódica.
—¿Y?
—Mi colega escuchó a escondidas una conversación que el confesor de la reina mantuvo con un prelado portugués de nombre Cristiano Donalgo. En ella el luso le recriminaba al de Talavera la manera de llegar al poder de la Isa.
»Se preguntaba cómo era posible que teniendo por delante en la línea sucesoria a su hermano Alfonso y a su hermanastro Enrique, se hiciera con la corona; todo ello tras morir el primero envenenado y el segundo ser, por rumores sobre su sexualidad, destronado
—¿Qué insinúas? —preguntó The Great Captain.
—No insinúo, reproduzco una info que me ha llegado: resulta que Isabelita estaba cerca de ambos sucesos. Luego está lo de su sobrina Juana, hija de Enrique, que era la heredera legítima por ser su padre el primogénito. Se la quitó del medio como si fuera un paquete defectuoso de Amazon.
—Esa niña no era hija del impotente. De legítima nada —el de Córdoba frunció el ceño al decir esto.
—Bueno Gonza, no te chines tron. Sé que estuviste unido a Alfonso.
—Unido, unido… Tras morir mi padre, mi hermano me quitó del medio mandándome a servir a la Corte. Me pasaba el día pendiente de Alfonsito.
»La verdad es que lo del envenenamiento… No sé qué pensar. La noche del envenenamiento quise cambiarle la trucha a Alfonso porque la suya era más pequeña y la prefería. Me dan asco las truchas, tan babosas y escurridizas. El caso es que la Isa insistió mucho en que Alfonso se comiese la suya y que me pidiese una pizza si no quería pescado.
—Anda, no sabía que entraras en la Corte por ser segundón. Vaya, vaya, Gonzalito se lo ha ganado él solito.
Gonzalo Fernández de Córdoba nació el 1 de septiembre de 1453 en Montilla. La de Aguilar, su familia, era de la Meseta y llegó a la Subbética con Fernando III The Saint, en el siglo XIII. Fueron pillando fanegas hasta el punto de que su padre, Pedro Fernández, tenía títulos nobiliarios para alicatar la Mezquita por fuera. El hermano mayor de The Great Captain, llamado Alfonso también, era el que se llevó todas las cartulinas con los títulos y, con ellas, lo que en economía actual se conoce como La Paguita. Así que el pobre muchacho acabó con 12 años trabajando a tomar por culo de su casa. El padre, antes de morir cuando él tenía dos años, había movido unos hilos gracias a Carrillo y Pacheco, dos amiguetes que tenían enchufe en la corte, y acabó de paje con Alfonso, el hermano de Isabel la Catódica, que murió envenenado por la trucha pachucha. De no haber sido asesinado en 1468, hubiese sido proclamado Alfonso XII. Con quince años, The Great Captain, regresó a su tierra cordobesa. En 1474 comenzó la enésima guerra civil castellana entre los partidarios de que gobernara la rama legítima de los Trastámara y los de que lo hiceran la Isa y el Fernan. La familia Aguilar se llevaba a matar con la de Cabra. La primera estaba del lado de los catódicos y la segunda veía a Isabel como una trepa que no tenía derecho a gobernar. El hermano de The Great Captain tuvo un duelo con el Conde de Cabra que acabó con el pobre Gonzalo secuestrado. Esto marcaría el resto de su vida pues sus dos divorcios fueron consecuencia del trauma que le causó ser traicionado por su hermano. Él, que siempre defendió la familia, nunca terminó de ser feliz tras dos intentos de crear una. Eso sí, el servicio militar lo hizo cum laude: su único matrimonio duradero fue con el ejército. En 1476 volvió a servir a los Reyes Catódicos gracias a la relación de parentesco que le unía con el rey Fernando. Eran primos.
Al Marqués y a The Great Captain, copazo tras copazo, la noche se les había echado encima y decidieron ir a cenar a otro restaurante.
—Anda, déjame la chusta y vámonos al Cortjillo a comernos un atún encebollao— dijo el Marqués.
—Toma, asqueroso. Vas a fumar babas —The Great Captain le pasó el porro a su amigo y ambos nobles se fueron hacia el restaurante con los ojos tan rojos como los de un rape con tres días.

Un móvil se descuelga.
—Dime.
—¿Dónde estás?
—Por ahí.
—Por ahí, ¿dónde?
—En Egipto.
—¿En Egipto? Me dijiste que ibas a Málaga, a la Axarquía.
—No Isa, cariño, a Alejandría. Estás teniente ¿eh?
—Joder Fernan, he echado más arroz pensando que volvías en el AVE. Mira que te diga, nada de canitas al aire que me pusiste la chocha como un chumbo en agosto la última vez que volviste de Nápoles.
—Que noooo… Venga un beso, te quiero.
—Mentira, no me quieres. Yo sí que te quiero a…
—Vale. Adiós —colgó.
A 4.000 kilómetros de la Península Ibérica, en Alejandría, Fernando el Catódico desplegaba sus dotes diplomáticas por el Mediterráneo. Nada más colgar comenzó a desplegar sus manos para desnudar con diplomacia a una muchacha egipcia. El sultán de Egipto, Kait Bey, le había mandado el femenino presente al hotel donde se hospedaba el rey castellanoaragonés sabedor de la predilección de este por las doncellas. Sabía que era mejor tenerlo entretenido hasta la noche, cuando ambos dirigentes habían acordado cenar juntos. Las viandas se consumieron en su fortaleza, un hermoso castillo portuario a un minuto caminando del Faro de Alexandría.
—Bueno Fernan, ¿qué te trae por aquí?

EL EMIRATO MUERE EN TI (La Guerra de Granada)— ZAHARA IV

Nur estaba que le iba a dar algo, así que empezó a respirar hondo buscando tranquilizarse mientras veía la cabeza del capitán Gaitán acercarse despacio por el pasillo. Cuando el perro llegó a su altura, su compañera de viaje soltó una flatulencia que se escuchó en un kilómetro a la redonda. Acto seguido, un reguero de diarrea bajó por sus piernas haciéndose visible en sus tobillos, al finalizar su falda, mientras una densa pestilencia subía sin remedio.

EL EMIRATO MUERE EN TI (La Guerra de Granada)— ZAHARA III

Nur estaba que le iba a dar algo, así que empezó a respirar hondo buscando tranquilizarse mientras veía la cabeza del capitán Gaitán acercarse despacio por el pasillo. Cuando el perro llegó a su altura, su compañera de viaje soltó una flatulencia que se escuchó en un kilómetro a la redonda.

EL EMIRATO MUERE EN TI (La Guerra de Granada)— ZAHARA II

En 1477 tomó como esposa principal a la infiel y ese fue el motivo para que Dios se hartase de sus tonterías. Un año después el sultán picha brava organizó un desfile militar con un ejército formado por renegados cristianos. Pero no se llegó a celebrar porque por la tarde cayó una tormenta de cojones.