Nur estaba que le iba a dar algo, así que empezó a respirar hondo buscando tranquilizarse mientras veía la cabeza del capitán Gaitán acercarse despacio por el pasillo. Cuando el perro llegó a su altura, su compañera de viaje soltó una flatulencia que se escuchó en un kilómetro a la redonda. Acto seguido, un reguero de diarrea bajó por sus piernas haciéndose visible en sus tobillos, al finalizar su falda, mientras una densa pestilencia subía sin remedio. Sultán salió disparado por el pasillo hacia la puerta de salida, el capitán Gaitán se tambaleó un poco mareado y proyectó sobre varios pasajeros un vómito como si fuera una pistola de agua a presión. En menos de un minuto, todos los viajeros se habían bajado del bus. Unos vomitaban, otros sufrían fuertes arcadas… Esa estampa se encontró el chófer que salía del baño subiéndose la bragueta, que se quedó a medio subir, pues se dirigió rápido hacia los afectados.
Arriba, en el interior del autobús, la mujer se meaba de risa y miró a Nur para comentar la jugada, pero el joven alfarero se había desmayado por el olor ya que no pudo apearse del vehículo. Lo reanimó con unos golpes en la cara y ambos bajaron. Entre piernas de gente semitumbada por el aturdimiento e insultos indignados, se dirigieron a la cercana Loja, donde la señora le dijo que tenía familia. Nur vio el cielo abierto al saber que se alejaba de la Guardia Civil y de la sanción administrativa: le hubieran administrado un viaje de hostias y se hubieran quedado la droga para administrarla ellos por la calle Porro Antonio de Alarcón, en Granada.
La familia de la señora se encontraba durmiendo, así que pasaron la noche en el establo, donde Nur pilló rápido el sueño; estaban inmunizados a la peste propia del lugar tras el heróico acto de su diarreica compañera. Antes del alba, una muchacha somnolienta, que no llegaba a veinte años, entró al corral con dos lecheras y comenzó a ordeñar cabras. De pronto, creyó que una de las cuadrúpedas le llamó por su nombre.
—¡Jadiya, cariño mío!
La chica se llevó un repullo de narices y se cayó de espaldas, lo que le terminó de despertar. Se incorporó para dirigirse a la cabra y devolverle el saludo pues ella tenía buenos modales y no era especista.
—Buenos días… ¡Hostias tita! ¿Qué haces aquí? —dijo acercándose a la señora del peo fluvial.
—Anoche tuve un percance en el Manzanil y no pude continuar camino a Granáh.
—Mamá se llevará una gran alegría cuando te vea —«pero no cuando te huela», pensaba mientras duró el pestilente abrazo.
Una vez en la casa, tras las presentaciones, comenzaron a desayunar. Nur (desde aquel amanecer, “El Enchocha’o”) no podía apartar la vista de Jadiya. Era una mujer alta, morena de verde luna y de tez bronce, con unos penetrantes ojos de color miel que tornaban a verdosos cuando les daba el sol. Era una amante de los barnamay (ciencia que estudia la vida de los filósofos) y de los astros.
—¿Quieres más? —la madre de la muchacha ofrecía dulce de ajonjolí al joven alfarero— Nur, ¿que si quieres más? —el chico andaba absorto imaginándose con Jadiya de su mano por el Paseo de los Tristes.
—No, gracias. Estoy bien servido.
—¿Vas a desayunar n’a más té?
—Namasté para usted también.
—¿Qué?
La señora del cuesco-tsunami se dio cuenta de que su compañero de viaje estaba distraído por la belleza de su sobrina. Así que le echó un capote.
—Creo que anoche respiró demasiado cerca de mí tras el pedete —dijo mirando a su hermana, que entendió el aturdimiento del muchacho, ya que había olido alguna vez la pestilencia referida.
Ambos jóvenes apenas cruzaron un par de miradas pero fueron suficiente para que se dieran cuenta de que algo pasaba entre ellos. Él supo que estaba delante de la mujer de su vida y ella se percató de que Nur era muy gracioso así, encogido, como asustado ante su explosiva presencia. Era normal que al granadino le impusiera aquella chica, poseía una mirada de precipicio que amenazaba con arrancarle el alma y tirarla al fondo de la vida misma.
En ese momento entró un joven alto y delgado en la habitación —»es Omar, mi hermano», dijo Jadiya—. Saludó y se presentó como Rodrigo (el Enchocha’o frunció el ceño), hecho lo cual, se dirigió a Cuesco Woman. Era su tía favorita. De hecho los dos se habían bautizado juntos en Córdoba en un finde de mayo en el que se acercaron a ver los patios. Aprovecharon un flyer del Cabildo que hacía 2×1 en bautizos y comuniones. Comenzaron a hablar entre ellos mientras Nur, Jadiya y su madre continuaron tomando té. La que deseaba que fuera su suegra se dirigió a él.
—Bueno, granaíno, a qué te dedicas.
—Soy alfarero de profesión, pero me dedico más al chapú.
—Me ha dicho mi hermana que te subiste al bus en Montejaque. ¿Te has enterado de lo de la toma de Zahara?
—¿Ein? Sí. ¿Cómo? ¿Toma? He oído que unos chavales anduvieron haciendo gamberradas, llamarle toma me parece exagerar.
—¿Gamberradas? —arqueo de ceja izquierda—. Se engrilletaron y mandaron a Ronda a más de 150 personas (hombres, mujeres, niños y ancianos) sin contar a los que mandaron al cielo —el joven se atragantó con las pastas al oír eso.
—¿Tanta gente? Pues vaya.
—Vale que son infieles, pero son personas y…
—¿Cómo? —interrumpió Jadiya que hasta el momento se había mantenido callada— Hace setenta y cuatro años que esos caníbales incestuosos entraron en Zahara obligando a comer la hostia esa.
El Enchocha’o se quedó embobado viendo como los ojos de su deseada amiga viajaban de la dulzura pizpireta al odio del majareta. Le entusiasmó tanto ver la decisión de Jadiya que una sofocante bola de fuego bajó de su pecho a la entrepierna y le produjo una erección. Llevaba varios meses sin más amor que el propio y se le juntó todo en la noble parte.